Cuento de una hora
Era un cuarto para las seis de la mañana y mi alma estaba de pie todavía en pijama mirando el amanecer y dando gracias por un día más en mis 28 años de humanidad y un añito de emprendida cristiandad. Veo y amo lo que mis aun soñolientos ojos, cansados por un inverosímil disparate de afán, observan disimulando la lluvia entre las esquinas de mis ventanales. Un colibrí que sobrevuela los innocuaves coquetamente vestidos con “pantis” naranja, me acompaña mientras camino. Lo miro jugar entre la caña india como quien busca al amigo y entonces me hablas y me cuentas despacito lo que desde arriba miras.
Un grupo de pericos chiclosos animados haciendo alarde de sus verdes sueños y celestes viajes subidos en la centenaria y pasajera vida en la palmera.
Un sol de oro fundido que se empieza a derramar, y pintar el celaje, la tierra y la mar. Veo y deseo dormir acariciando las algodonadas y minúsculas nubes recortadas y esculpidas por la mano artista del creador monumental.
Amo la silueta de una sombra lejana que se empieza a revestir de tenue neblina como un velo delicado de novia, hermoseando las mejillas lozanas de las pocas montañas vírgenes de un cuerpo naturalmente perfecto que se muestra satisfecho.
En el fondo hay un globo de bronce bruñido, más grande y sublime que se deshace con las horas y se eleva enamorando todo lo que toca. El mayor de los astros que se bebe lo que mira y dispuesto a alegrarse se oculta como queriendo robarte de esa forma la sonrisa más ingenua.
La familia que pasa, esgrimiendo una pequeña moto. El niño maneja sentado, al frente con su diminuto casco y con una mueca temeraria, todo pegadito a la aventurera manivela como el bebé recién nacido al pecho de su madre. El padre, sin embargo, va sentado en el medio, sonriendo animado y sus manos a un lado como queriendo volar y mas que orgulloso sobremanera contento, por el laurel heroico de su primogénito. La madre por su lado, con incómoda condolencia, como quien no quiere la cosa, va sintiendo un revoltijo por su esposo y su pequeño. Y así juntos en un cuerpo móvil, y bullicioso van hacia el transitar de este día, con las ganas a cuestas y el futuro acelerando la palpitación. Sin más que eso se ven contentos, rápidos, quizá enteros, quizá solos. Eso si no se vé a la velocidad con que el motorizado pasa por mi lado.
¡Qué júbilo!
Mientras tanto yo escucho sobre todo, la alabanza matutina desde las cuatro de la mañana. Son los pájaros de mi barrio, sinfónicos y barrocos. Las partituras naturales de este hermoso canto eterno. Me entretengo distraída buscando el piar constante entre el malinche y el cedro; mientras el roble emperifollado de traje verde musgo con una flor en la solapa y muchas hojas en el ojal, dirige como en coro los tonos guturales que se vuelven cada vez más sonoros, dotados de hermosura, afinados. El profundo y melancólico tut-tut-tut-tut de los verdiazules pájaros bobos es la base en un “funk”. El penetrante cacarear del compás desordenado de las gallinas llega como el perspicaz agudo del “ride” de un “walking” en el “swing”. Los finos y dulces pitillos de las aves más pequeñas son como las notas más agudas de las flautas traversas. Y de paso escucho atenta, ya bastante divertida, el famoso rasgueo del “blues” de un contrabajo apasionado en los indecibles tuareg-tuareg-tuareg tueeaaareeeg de algún tucán mañoso en busca de un nidito más o menos descuidado. Todo acompañado por un perenne pandereteo de las aves sin nombre volando sin ton ni son en un “jamming”. Es una obra maestra, una conversación. Lo puedo saber, como el buen presagio profetiza y manifiesta deliciosamente la grandeza de esta hora y del día por venir.
Y es que aunque yo me sienta triste, y hasta vea mis alas maltrechas, por dentro muy cerquita no hay razón para no dejar de llorar o queja justificada que se pueda arraigar. Es el nacimiento de mi endecho que en este nuevo sábado primero del mes de abril se me viene desde el cielo como el rocío a la flor y viajo conociendo que no soy yo la que vivo, sino TODO en mi.
Julio 2, 2005.
EMA
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