Sin tiempo, ni espacio
Estaba ella sentada bajo la luz nívea,
abrigada con el manto intangible de la neblina.
Cuando sintió el calor de su presencia acariciarle su brazo,
y llevarla hasta el agua resplandeciente
de la cascada infinita que viene del cielo,
escuchó su voz y supo que estaba sumergida hasta los hombros,
respirado lentamente pero sudando ferozmente
por un ardor que le quemaba el corazón.
Tenía en su mano el eterno manojo de violetas
que hacían sus días más placenteros,
y se los ofreció,
pues era lo único en lo que ella permanecía absorta,
buscando arrullo para su espíritu.
Simplemente escuchaba atenta la copla de su voz
y el rugir de las muchas aguas cayendo sobre su cuerpo resuelto,
como la poesía acaricia el alma cuando se declama.
Todavía recuerda el eco infinito del primer beso,
un beso sellado por las comisuras celestiales de la boca,
una conversación penetrante,
un coloquio de frenesíes
entre dos intimidades vueltas una,
conectada al fluir eterno del engranaje amoroso.
Si, completamente desquiciados, se desnudaron el alma
y se fueron a volar cazando las estrellas con sus manos,
Y la luna dentro de sus ojos,
y el sol en sus vientres,
sobre aquel mar del sur
una primera noche del mes de setiembre
durante la eternidad más corta de sus vidas.
“Sin tiempo, ni espacio”, Para Abe.
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